
La parábola de los talentos nos convoca a la responsabilidad. Jesús cuenta la parábola en el contexto de su enseñanza acerca de las realidades finales, para recordarnos que debemos dar cuenta a Dios de nuestra gestión en esta vida. Somos responsables ante Dios del modo como hemos empleado nuestras habilidades y cómo hemos desempeñado nuestros cargos y tareas, puesto que es ese mismo Dios quien nos ha dado la vida para que lo conozcamos, lo amemos y lleguemos por las buenas obras y con la ayuda de su gracia a la plenitud la que Él nos creó en primer lugar.
El talento era una moneda de muchísimo valor. En la parábola, el propietario que va a salir de viaje deja en manos de unos servidores de su confianza diversas cantidades de dinero. A uno le deja cinco, a otro dos y a otro solamente un talento. El propietario que sale de viaje es Dios, que nos entrega la vida y este mundo para que lo administremos. El viaje del propietario es un signo de la autonomía y de la libertad con la que actuamos en esta vida. Dios no es el policía que está encima de nosotros vigilándonos y corrigiéndonos hora tras hora. Así como aquellos servidores debían actuar según sus habilidades y recursos, sin poder preguntarle a cada momento a su patrón cómo y qué debían hacer, así también nosotros en este mundo tenemos libertad y autonomía para actuar. Sin embargo, no estamos del todo ciegos. Dios nos ha dado sus mandamientos y Jesucristo nos ha legado su evangelio. Tenemos cabeza y razón para pensar y descubrir lo que es verdadero, lo que es justo, lo que es bueno. La vida está en nuestras manos, pero para gobernarla con responsabilidad, sabiendo que debemos dar cuentas a Dios, quien nos la dio, de lo que hagamos en ella.
En la parábola el propietario no reparte sus bienes en partes iguales para que cada empleado tenga igual responsabilidad. Así también ocurre en este mundo. Nacemos con diversas habilidades, aprovechamos de muy diverso modo las oportunidades que se nos presentan, nos asignan tareas y responsabilidades muy distintas. Hay personas que reciben responsabilidades, tareas y misiones grandes y de gran incidencia; hay otras que tienen tareas y responsabilidades más modestas y de menor incidencia. Si bien es verdad que todas las personas son iguales en dignidad, somos todos diferentes en habilidades, capacidades y también en las tareas y trabajos que nos toca desempeñar. Pero todos debemos emplear nuestras capacidades y habilidades al máximo; todos debemos cumplir nuestra misión y tarea con la máxima responsabilidad.
En la parábola, dos de los tres empleados hicieron que el dinero recibido rindiera sus frutos. Ambos duplicaron el capital recibido. El que había recibido cinco, produjo otros cinco. El que había recibido dos, produjo otros dos. Al rendir cuentas ante su patrono, ambos escucharon las mismas palabras de aprobación de parte de él: Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor. Por supuesto que el que había recibido cinco tuvo una mayor responsabilidad que el que había recibido sólo dos. Pero la medida de la aprobación no es el tamaño de la responsabilidad, grande o pequeña. La medida de la aprobación final corresponde al esfuerzo empleado en desempeñar la misión recibida de manera eficiente y cabal. Así también actúa Dios con nosotros. Nos pedirá que cada uno el fruto de nuestro trabajo y desempeño, desde sus habilidades y cualidades, desde las responsabilidades recibidas, desde la tarea que se le asignó. Al que se le dio más tendrá una carga mayor que aquel a quien se le dio menos; pero tanto a uno como al otro se le exigirá por igual que actúe desde su propia condición de vida con la máxima responsabilidad y diligencia. El reconocimiento final no se mide por la importancia de la tarea que cada uno desempeñó, sino por la calidad y responsabilidad con que la desempeñó.
Es significativo que para acompañar este evangelio, la Iglesia haya elegido algunos fragmentos del pasaje del libro de los Proverbios que describe a la mujer diligente. Se trata de un ama de casa de un hogar distinguido, donde hay muchos sirvientes y donde ella debe administrar muchos bienes del hogar. El fiel desempeño de su tarea y de su misión, su responsabilidad administrativa, la hacen acreedora de la alabanza y de la aprobación de su marido:Es digna de gozar del fruto de sus trabajos y de ser alabada por todos. Ante Dios nadie debe decir que su vida no tiene importancia, que sus habilidades son pocas, que las tareas que se le asignaron en la vida eran pequeñas e insignificantes y que por eso no vale la pena empeñarse y fatigarse para actuar con responsabilidad.
Eso fue lo que le ocurrió al tercer servidor de la parábola, el que recibió sólo un talento. Hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Después, a la hora que debía rendir cuentas, se excusó diciéndole a su patrón: Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo. Esas palabras expresan una idea equivocada del amo. En realidad significan: tú sólo te fijas en lo importante, en las ganancias grandes, pides más de lo que te puedo dar, y exiges cuentas donde no has dado fondos. Pero eso no es cierto. Ante Dios nadie puede considerarse sin importancia porque es pobre, porque no tiene recursos o habilidades, porque no lo han llamado a desempeñar un cargo distinguido. Cada quien desde su lugar, desde sus habilidades, desde la tarea que le han asignado debe desempeñarse con responsabilidad y debe estar dispuesto a rendir al máximo desde la pequeñez de su cargo. Dios no le va a pedir al que le dio uno que rinda como el que recibió dos o cinco. Sino a cada quien se le pedirá cuentas en proporción a los dones recibidos, al encargo asignado, a la tarea y la misión asumida.
La parábola por lo tanto parte de una constatación de la realidad humana. Las personas somos diferentes en nuestras habilidades, capacidades y en relación con la tarea, el trabajo y la misión que debemos desempeñar. Esas desigualdades en sí no crean injusticias. La injusticia proviene de la falta de oportunidades.
La parábola supone que los tres hombres tenían iguales oportunidades para negociar y hacer producir los talentos recibidos. Nuestro drama es que a las desigualdades naturales se añaden las desigualdades causadas por la falta de oportunidad, por las exclusiones, por las discriminaciones, que no permiten el acceso a una buena educación, a la calidad de la salud, al trabajo, a la justicia, al desarrollo personal y comunitario. En nuestra sociedad no hay igualdad de oportunidades para que cada uno desarrolle sus propias cualidades y responsabilidades y talentos. De allí que un empeño moral de todos debe ser la búsqueda de una sociedad en la que prevalezca el bien común, que es aquel conjunto de condiciones que permiten a las personas, familias y comunidades lograr las metas de una vida digna, de una desarrollo integral, de una paz estable. Roguemos para que las nuevas autoridades recientemente electas trabajen por alcanzar ese bien común como único objetivo legítimo de la autoridad política. Y también, que cada uno de nosotros, no sólo busque desarrollar sus talentos y responsabilidades mirando sólo el beneficio propio, sino que con nuestras propias acciones contribuyamos también al bien común.
+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán
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