Hemos llegado a la época de la Navidad: las luces de colores en la ciudad, la música que inunda el ambiente, la blancura de la nieve en los programas de televisión que importan de otros lugares; los comerciantes ávidos tras de los raquíticos aguinaldos y el olor a pino e incienso. Época cargada de viejos recuerdos, Época en que suben los precios de luz, el transporte y los alimentos para los guatemaltecos.
Es tiempo de hacer el nacimiento, de volvernos niños para poner a volar nuestra fantasía y tratar de apartar momentáneamente de nuestra vista los sinsabores y las amarguras. Busquemos un rincón en la casa y en nuestros corazones para fabricar ese nacimiento. Comencemos bosquejando aldeas, caseríos, pueblos de esos muchos que conocemos; pongámosles nombres.
Que no falten los volcanes de aserrín, el cielo azul en donde navegan las frías nubes de nuestras ilusiones; las montañas llenas de vegetación como en tiempos pasados; hagamos lagunas de aguas cristalinas en donde naden patos y garzas blancas de barro, tan frágiles como la paz que queremos construir; lagunas en donde vemos flotar cayucos llenos de esperanza. Pongamos los ranchitos con techos de paja y paredes de caña de maíz, agrupémoslos en pequeñas comunidades con sus minifundios, sobre los barrancos y en apartados rincones, más allá de los límites urbanos.
Construyamos caminitos de arena y aserrín por donde pasan “pastorcitos de barro” en miniatura, empequeñecidos, minimizados con su cacaxte a tuto en donde podamos echar naranjas, jocotes, sus enfermedades, su ignorancia, su pobreza, su marginación, su manipulación y su explotación. Sigamos volando con nuestra imaginación, llenos nuestro nacimiento con lugares pintorescos y personajes que le dan “belleza” y colorido a nuestro folklore. Faltan mercados con marchantas sentadas sobre sus piernas en el suelo, cuidando canastos llenos de frutas y verduras. Como las de Almolonga,… con sus guipiles de colores y sus trenzas largas.
No, no pongan, ni caminos asfaltados, ni escuelas, ni centros de salud ¿Desde cuándo se ha visto comunidades con todo esto? Por aquellos caminitos coloquemos camioncitos cargados de madera. Coloquemos también a los pastorcitos con sus ovejas.
Que no se nos olvide el pino que llena de fiesta nuestra casa con su aroma, las hojas de pacaya con sus intensos colores. Esa pareja que viene lejos por aquel caminito es “el Chepe” y “la María”
María y José tocan la puerta para pedir posada, la puerta de los corazones.
¿Cuál es la respuesta? –Aquí tampoco hay lugar para ustedes. Váyanse porque vienen a perturbar la paz y la tranquilidad de nuestros hogares.
Ellos siguen su camino y buscan el abrigo de los establos para que nazca su hijo; para resguardarse del frío, de los señalamientos y de las acusaciones.
Todo nacimiento debe tener un Niño Dios. ¿Cuál será el Niño Dios que debemos escoger para nuestro nacimiento? En el mercado nos presentan una variedad de ellos: los hay de fabricación artística con carita de ángel, vestidos de seda, con corona de oro. Más adelante encontramos a otros Niños por montones en los canastos de los vendedores, con sus caritas sucias, semidesnudos, amontonados en las aceras de la ciudad tiritando de frío, cubriéndose con pedazos de cartón contra las inclemencias del tiempo. Seguimos caminando y de pronto nos encontramos con cantidades de Niños huérfanos, demacrados y sus miradas como ventanas por donde se vislumbran abismos de terror hacia las profundidades de su alma. Más allá, Niños con la pálida sombra de la muerte en su rostro, doblegados bajo el peso de la miseria, de las drogas y de los fracasos prematuros. Con manos temblorosas tomamos a uno de estos Niños para completar nuestro nacimiento, escogemos al que más se asemeja a nuestra realidad; es nuestro producto social, somos de alguna manera coautores de su existencia, los hemos hecho a nuestra manera.
Se acostumbra poner al Niño junto a su madre a la media noche, mientras llegue ese momento preparemos el ponche, los pachitos y la música. Que los niños jueguen a la luz de la luna y de las estrellas que brillan en el firmamento, bajo una lluvia de estrellas fugaces por el horizonte nocturno.

Los compadres y vecinos contemplan nuestro nacimiento y nos felicitan anticipadamente. Una música nos recuerda: “Noche de paz, noche de amor…” Una lágrima cae silenciosamente.
Más tarde se intensifica el coheterío en la zona, en el pueblo, en las ciudades. Los amigos se abrazan; las parejas de enamorados se hacen promesas; los desconocidos se saludan por la calle.
Junto al nacimiento una mano coloca el Niño Dios sobre la paja llena de escarcha, enciende una vela para dar un poco de calor al niño y con los ojos al cielo murmura una oración: “¡Oh Dios! dueño del universo y del tiempo, que te has dignado encarnarte en las condiciones del ser humano, te adoro, te doy gracias porque me has demostrado inmenso amor. Tú , que eres poderoso y grande, te pido que nos des esa paz que tanta falta hace en Guatemala, que se termine la corrupción la impunidad; que se termine el odio, el rencor y el egoísmo que generan la violencia entre tus hijos. Que reine el amor, la humildad y el servicio que has venido a demostrarnos con tu vida, Señor.
Y que todos podamos decir: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.
Articulo Publicado en el periódico parroquial RAYO DE SOL
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